Aunque para muchos el verano pueda ser una estación repleta de vitalidad, lo cierto es que para otros es un suplicio. Las altas temperaturas, una mayor actividad social y el cambio de hábitos puede pasar factura a nuestra salud mental.

Los psicólogos y psiquiatras coinciden en señalar que el verano cambia nuestra salud mental. Para algunos enfermos, por ejemplo, de depresión, la medicación tan fuerte que reciben es contraproducente con el calor que tienen en los meses de verano. Los fármacos y el calor crean una sensación narcótica, en la que la persona queda aletargada.

En verano aparecen trastornos psicológicos que no se dan el resto del año, como el Trastorno Agudo Estacional en su modalidad de verano, y se agravan otros que se llevan arrastrando de antes,

El calor tiene efectos sobre nuestro estado físico, nos cansamos más y, por supuesto, sobre nuestra salud mental. Puede hacer que nos sintamos más irascibles, más irritables.

El verano también trae consigo un cambio de hábitos. Salimos más a la calle, tenemos más vida social, nos exponemos más. Abandonamos nuestra zona segura, nuestro rincón, nuestra casa, y nos sentimos obligados a interactuar con otras personas, algunas de ellas, cuyo trato no nos resulta agradable.

Aparecen trastornos de la conducta alimentaria. Algunas personas se obsesionan con la pérdida de peso en la llamada operación biquini. Afloran las fobias sociales, algunos se agobian en las playas y los destinos turísticos masificados; otros se sienten prejuzgados.

Aunque sabemos que muchas veces, todas estas contradicciones solo existen en la cabeza de la persona que las sufre, la situación les causa desasosiego y ansiedad. El verano puede llegar a ser cruel en términos de salud mental.

Te comentamos, a continuación, los trastornos psicológicos más habituales que se dan en verano.

El Trastorno Afectivo Estacional.

Este trastorno es una modalidad de depresión que está asociado a las estaciones del año. Suele aparecer todos los años con el cambio de estación y tiende a durar unos 4 o 5 meses. Cuando cambia el tiempo, el trastorno desaparece. En este trastorno hay dos patrones. El trastorno estacional de invierno, que se caracteriza por una tristeza profunda; y el patrón de verano, que se manifiesta más por el insomnio, la pérdida de apetito y por una excesiva irritabilidad.

Es un tipo de depresión que está causada por el cambio de estación; por razones climatológicas; no hay que confundir con otras depresiones motivadas por recuerdos o vivencias asociadas a esas fechas. Por ejemplo, hay personas que caen en depresión en Navidad porque se acuerdan de sus seres queridos. Estamos hablando de un trastorno diferente.

El instituto de salud mental National Institute of Mental Heath indica que este trastorno reúne los síntomas típicos de la depresión y otros particulares de la enfermedad. No todos los síntomas se dan en todos los pacientes, pero suelen reproducir un patrón común.

Las personas que padecen trastorno afectivo estacional de patrón veraniego suelen experimentar síntomas similares a los de una depresión. Entre ellos destacan la tristeza persistente, la irritabilidad, la sensación de vacío, la falta de interés por actividades que antes resultaban agradables y una notable disminución de energía. También es frecuente tener dificultades para concentrarse, sentirse frustrado con facilidad o sufrir una sensación continua de inquietud.

A diferencia de la depresión estacional de invierno, el patrón de verano suele asociarse al insomnio y a la agitación. Muchas personas tienen problemas para dormir debido al calor o a la alteración de los horarios habituales, lo que genera cansancio acumulado y empeora su estado del humor. Además, es habitual perder el apetito y bajar de peso de forma involuntaria.

La ansiedad también puede intensificarse durante esta época del año. Algunas personas se muestran más nerviosas, impulsivas o irritables, llegando incluso a reaccionar con agresividad ante situaciones cotidianas. En determinados casos aparecen molestias físicas, como dolores de cabeza, problemas digestivos o sensación de tensión constante, sin una causa médica clara.

Trastornos de la Conducta Alimentaria. (TCA).

El portal de información médica Farmacosalud alerta que los Trastornos de Conducta Alimentaria aumentan un 25% en verano. En especial la anorexia y la bulimia.

Se tiende a pensar que la presión social por tener un cuerpo perfecto influye en el desarrollo de estos trastornos. Muchas mujeres y algunos hombres se meten de lleno en la operación biquini para lucir un cuerpo más atractivo cuando vayan a la playa o, sencillamente, esos meses en los que llevamos menos ropa.

Para las personas propensas a sufrir TCA este cambio estético es la excusa perfecta. Los TCA tienen una dimensión más profunda de la que pensamos. Los enfermos de estos trastornos suelen sufrir un rechazo hacia su persona o hacia algo que les está pasando y lo enfocan en su apariencia física. Suelen ser personas con baja autoestima o con demasiada autoexigencia. No están a gusto en su propia piel, por esa razón, por mucho que adelgacen, nunca se ven guapas, nunca es suficiente. Ver el TCA como una obsesión de una persona influida por las modas es quedarse en la superficie.

La llegada del calor, la mayor exposición social y los cambios en las rutinas influyen en que estos trastornos afloren.

Los datos del INE (Instituto Nacional de Estadística) indican que un 3,5% de las mujeres adultas y un 14 % de las chicas adolescentes tienen un peso insuficiente. Sin embargo, los TCA no siempre son fáciles de detectar a simple vista. Más allá del aspecto físico, existen señales emocionales y de comportamiento que pueden pasar desapercibidas.

La falta de horarios estables durante las vacaciones puede afectar especialmente a personas perfeccionistas y autoexigentes. El verano rompe las rutinas habituales y esto puede generar ansiedad, necesidad de control o conductas relacionadas con la alimentación y el ejercicio físico.

En esta época del año suelen aparecer señales de alerta como cambios bruscos en la dieta, obsesión por hacer deporte, resistencia a acudir a la playa o a la piscina y evitar las comidas familiares y las reuniones sociales. También es frecuente una preocupación excesiva por la apariencia física.

Los trastornos de la conducta alimentaria son enfermedades mentales graves que afectan tanto a la salud física como mental. En España se calcula que afectan a cientos de miles de personas, especialmente adolescentes y jóvenes, por lo que detectar los síntomas a tiempo resulta fundamental para iniciar un tratamiento adecuado.

La ansiedad.

Los trastornos de ansiedad tienden a agravarse en verano, indica la revista Doctoralia. Se debe a una combinación de factores físicos y psicológicos. De entrada, el aumento de la temperatura y la deshidratación afecta al sistema nervioso central. En los meses de verano, experimentamos cambios metabólicos y sube la frecuencia cardiaca. El aumento de las horas de sol, unido a un descenso en los niveles de melatonina hace que nos cueste dormir más, eso nos va a producir un cansancio acumulado, y va a bajar los umbrales de irritabilidad.

A esto se le pueden sumar ciertos condicionamientos sociales o psicológicos como altas expectativas de ocio, cambios en las rutinas (compartir más tiempo con la pareja o con familiares y amigos, y perder ese espacio privado que teníamos), presión por agradar a todo el mundo, etc.

Los trastornos de ansiedad son una enfermedad y están tratados médicamente, pero como señalan los psicólogos de Canvis, un centro de psicología de Barcelona especializados en el tratamiento de la ansiedad, la depresión y los trastornos de la personalidad, tomar ansiolíticos no es suficiente para controlar la ansiedad. La ansiedad es un gatillo que se dispara ante un factor de peligro o de riesgo. El enfermo de ansiedad suele sobredimensionar ese peligro. Reacciona de una manera exagerada. Pero es importante saber detectar cual es la causa de la ansiedad y adoptar herramientas para evitar que el riesgo altere el comportamiento. Esto se consigue por medio de terapias psicológicas.

Dicho así puede parecer algo sencillo, pero lo cierto es que vivir con ansiedad es una lucha continua. Una situación desgastante que puede empeorar diferentes aspectos de la vida. Desembocar en una depresión, generar aislamiento social, producir enfermedades gastrointestinales, dolores crónicos, etc.

Fobias sociales.

El verano también es una época en la que se manifiesta con especial intensidad las fobias sociales, tal y como expresa un artículo publicado en el periódico Huelva Información. Las fobias no son más que un tipo de ansiedad. Que se desencadenan ante una situación concreta o solamente con la idea de imaginarla o de prever su inminencia. Estas fobias pueden dar lugar a crisis de ansiedad en las que se manifiestan los síntomas típicos de la enfermedad: aceleración del ritmo cardiaco, sudoración, hiperventilación, miedo irracional, bloqueo total, etc.

Una de las fobias de este tipo más conocidas es la agorafobia, un trastorno relacionado con el miedo a encontrarse en espacios abiertos o lugares donde la persona siente que no podrá recibir ayuda. Quien la sufre puede sentirse vulnerable en plazas grandes, avenidas, estaciones o espacios amplios. Muchas personas describen la sensación de estar desprotegidas lejos de su entorno habitual. El hogar se convierte en un lugar seguro y controlado, mientras que el exterior genera ansiedad e inseguridad. Aunque suele asociarse a lugares vacíos, la agorafobia no depende de la cantidad de gente, sino de la percepción de falta de control sobre el entorno.

Otra fobia frecuente es la enoclofobia, que consiste en el miedo intenso a las multitudes. Las personas afectadas evitan conciertos, centros comerciales, transporte público o cualquier lugar con una gran concentración de personas. En situaciones de mucha afluencia pueden experimentar sensación de ahogo, nerviosismo o pensamientos obsesivos relacionados con sentirse observadas o juzgadas. En algunos casos, este miedo puede aparecer tras experiencias traumáticas o episodios de ansiedad vividos en público.

También existe la eritrofobia, que es el miedo a sonrojarse delante de otras personas. Aunque pueda parecer un problema menor, quienes la padecen viven con gran preocupación la posibilidad de ruborizarse en reuniones, conversaciones o exposiciones públicas. El temor a que los demás noten su nerviosismo provoca aún más ansiedad y puede llevarlas al aislamiento social.

Estas fobias pueden limitar la vida personal, laboral y social de quienes las sufren.

Tristeza posvacacional.

El Hospital Clinic de Barcelona indica que el Síndrome Posvacacional, o también llamado Depresión Posvacacional, no es una enfermedad en sí. Es un periodo de adaptación física y mental a la rutina, después de haber pasado un periodo de descanso. Este es un cuadro pasajero que suele durar entre unos días y dos semanas, pero que debido a que es frecuente entre la población, no hay que desatenderlo.

La vuelta al trabajo, a los estudios o a las responsabilidades cotidianas puede generar una sensación de cansancio físico y mental. Muchas personas experimentan apatía, irritabilidad, dificultad para concentrarse, baja motivación o alteraciones del sueño durante los primeros días. También es común sentir cierta ansiedad leve o una sensación de agobio ante la acumulación de tareas pendientes.

En la mayoría de los casos, estos síntomas desaparecen por sí solos, conforme la persona recupera sus hábitos y se adapta a su ritmo habitual de vida. Sin embargo, si el malestar se prolonga demasiado tiempo o afecta seriamente al estado de ánimo, puede ser recomendable consultar con un profesional.

Para afrontar mejor esta transición, resulta útil volver poco a poco a las rutinas habituales. Dormir bien, mantener horarios regulares y cuidar la alimentación ayudan a recuperar el equilibrio físico y emocional. También es aconsejable realizar ejercicio moderado, ya que la actividad física mejora el estado de ánimo y reduce el estrés.

Otro aspecto importante es evitar la sobrecarga de trabajo desde el primer día. Organizar las tareas de forma gradual y reservar tiempo para actividades agradables facilita una vuelta a la rutina más llevadera-

Hay varias señales que nos alertan de que el trastorno puede ser algo serio. Una de ellas es el hecho de que lo suframos cada año. Otra es un cuadro en el que se combinan un insomnio persistente con ataques de ansiedad. Y otro es la pérdida de interés por actividades que antes nos resultaban placenteras.

Estas señales pueden indicar que el trastorno está derivando a algo más preocupante.

 

 

 

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